Quince años de tu ausencia… Me paro a
pensar.
Recorro con la melodía de la añoranza, los paisajes de tu recuerdo.
Hebras perfumadas de azúcar tostado y caramelo
que me llevan a la infancia.
que me llevan a la infancia.
Allí me encuentro con tu mano,
tan grande y
huesuda que sólo podía asirme a ella por uno solo de tus dedos.
El índice.
Quizá como indicativo de principio de vida,
de continuidad de la sangre, de prolongación
genética indefinida…
Quizá…
Quince años de tu ausencia y el aire que exhalo sigue hablándome de ti.
Una fecha en el calendario que lagrimea
nostalgia,
que lleva tu nombre, que dice que ya no estás aquí.
Me dejo envolver por el
eco de tu risa,
por tus labios besando mi frente cada noche,
mientras crecía
intentando seguir tus pasos,
seguros, largos y pausados.
Mis ojos fascinados por el verde de los
prados,
el murmullo del río, el canto de los pájaros
y el dorado del trigo,
atrapaban el vuelo de las mariposas,
en el cielo limpio de tus ojos.
Esa
transparencia que respiraba bondad a pesar de tu semblante serio y hosco.
Sí, yo podía ver el cielo a través del azul
de tus ojos,
la sabiduría, la serenidad, la paz.
Después de quince años de ausencia,
sigo echando de menos tu mirar,
sigo echando de menos en mis labios,
esas
palabras que no volverán, papa
(Dama de seis)
(Dama de seis)
Impresiona la desnudez de tu alma y su belleza. Atrapar el vuelo de las mariposas en el cielo limpio de sus ojos... No se puede expresar mejor la comunión con alguien. Este poema, además, revive ecos personales en mí mismo, porque yo también perdí a mi padre por esa época.
ResponderEliminarUn abrazo, Antonia.
Gracias querido amigo. El único modo que conozco para referirme a mi padre, es el que él mismo me enseñó, a corazón desnudo y con la voz del alma, Vaya, pues así, además de los poemas, nos aproximan los recuerdos.
ResponderEliminarAbrazos Rafael. Y... gracias.