sábado, 7 de junio de 2014

A "CONTRO VENTO" ..... La historia de otra historia.

 

Fotografia de A. Freile



     Alta marea.
 Pulso de un mar inmenso que me torna acróbata, sobre un trapecio de crespones. 
Quizá sea éste el aliento último… Las olas que infinitas, poco a poco se templan, con el rojo de la tarde.
           Ah!,  alta marea. Alta marea que late, ahora encendida por el rumor de la sangre que hierve. 
Sólo una gaviota perdida, cruzando en sombras el horizonte, cambia el desolado paisaje. Fénix del último ciclón. Y apenas, apenas un débil claro en el cielo, apunta con la yema del dedo el leve solsticio de la esperanza. Un índigo plácido y calmo que se estrena en blanca bruma, sobre mi barca.  
          Relampaguea. Todavía relampaguea y truena mientras  arde mi piel desnuda bajo la sal que abrasa, en una sutil silueta, del acero que templó la fragua. 
Y lo confieso,  siento fatiga…y hasta un soplo de halito vital siento, que me falta!  
 Mas…  
 Alguien habrá de tomar el timón y hacer virar la barca, porque a mástiles quebrados “soto vento”, de los bodegones habrá aún que achicar el agua para no naufragar. Pero es a “contra vento”,  que  arrumba mi nave y osa bregar  por unas cuantas millas.  
 — Cosa de locos sería permanecer a merced  de la engañosa mansedumbre de la corriente. A tanto que me resulta evidente, que su tentáculo doliente, no es otro que el fruto gestado en el vientre de otro lugar. El vientre de la tormenta que genera, el ojo del huracán — me digo.   
          Mantener firme el timón frente al tridente de Neptuno, que de rodillas así mismo se desafía, ofreciéndome en prenda y sin recato, el canto de las nereidas olvidadas, como un sortilegio de flautista con el que dirigir mis pasos, no es fácil…  Sin embargo, aún en alta marea y en noche cerrada,  lucen las estrellas…
Ah, del barco! — escucho en la distancia. —  
 ¿Y vos, quien sois? — pregunto.
 No dice nada. 
Tampoco es que me  importe mucho, porque sin tardanza,  puedo reconocer a Ulises escapado de su propia odisea. 
Me basta con mirar sus ojos para oír los cánticos de sus sirenas.  Pide el permiso para amarrar su navío cerca del mío.  Me muestra un jardín de corales rosa, suaves esponjas y caracolas…. 
 De tiempo, que en su horizonte divisa sólo  mi barca — Me dice. —  
 Le inquieta que sin importar la dirección del viento,  ni el recio de la tormenta, la proa de mi velero acierte en apuntar al norte…— 
¡Qué ironía! — Le digo — 
 Es que acaso no habéis advertido que, mi nao navega y sólo navega… sin más brújula que el alba en el horizonte?  
 Acaso no habéis observado en el izar de las velas, como rugen, gimen y tiemblan a contra vento, y que para seguir avanzando en tales circunstancias, hay que plegarlas y hacer uso de los remos?  
 Acaso no os asoma la idea de que quién a contro vento navega,  pocas veces en avistar tierra halla motivos para anclar en ella.
    No temáis. Nada he de pediros — replica —
      Ah!, — suspiro— ¿Cuántas veces no habré oído eso?
Me pregunto,  cómo podrían los mástiles de mi  humilde carabela, remolcar el galeón de Ulises, con tanto que aún me queda en achicar el agua de la tormenta… Por tanto que aún me queda…. Si rezuma de  mis anclas, la lluvia ácida sin bandera, del último asalto pirata… 
(Dama de seis)

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